Los barcos de papel
se han construido con mimo,
pero tienen arrugas,
están mal doblados
-no da para tanto
la voluntad de un niño-
y sin embargo no importa,
porque lo que importa
y es en verdad trascendente
es que, una vez lanzado al agua,
flota,
flota y flota y flota y flota,
y se lo lleva la corriente
como si un bajel pirata fuera.
Qué emoción entonces
la del infante
que lo ve surcando el regato
por vez primera.
Qué emoción -repito-
la del papel sintiéndose firme madera.
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