Yo tengo una Madre
que por sendas oscuras me ha guiado,
y nunca, nunca, nunca, ha dejado
que la oscuridad cubriera mi alma.
Ha sido, es, la única, mi única esperanza,
y es por ella que aún a la humanidad amo
con idéntica, tenaz, lumínica semblanza.
Yo tengo una Madre
que por sendas oscuras me ha guiado,
y nunca, nunca, nunca, ha dejado
que la oscuridad cubriera mi alma.
Ha sido, es, la única, mi única esperanza,
y es por ella que aún a la humanidad amo
con idéntica, tenaz, lumínica semblanza.
Yo, gracias a Dios,
toda mi vida he sido feliz,
pues, aun cuando me he hallado en
tribulación,
siempre he gozado de cierta paz
interior.
Lo que pasa es que, en este preciso
instante,
salgo de cuentas, ando de parto,
y no sé si voy a alumbrar a una
hembra o a un varón,
lo que sé, y eso me basta,
es que no he podido tener en el
mundo
mejor gestación por subrogación,
ya que yo lo he llevado en mi
vientre,
pero el padre y la madre no soy yo,
sino el Todo, el Único, el Infinito,
ese al que la historia le dio mil
nombres
y yo me conformo con nombrarle sin
nombrarle: Dios.
Trabajo, para muchos,
es aquello que te reporta dinero,
no aquello necesariamente
a lo que le entregas el alma.
Y así nos va,
millones de personas
presumiendo de melena
cuando son, todas toditas todas,
calvas, muy calvas.
Muévete solo por la belleza,
acepta solo cosas hermosas,
y si alguno, por maldad o por torpeza,
viene a hablarte de la sombra,
ecco -que diría un italiano-
e qui la semplicità della nostra cosa,
il vero significato della pulizia
che rende la nostra anima
guidata dalla libertà.
Hoy, después de haberme acostado
con el teléfono junto a la almohada,
me he despertado con un número
marcado en la pantalla.
Decía el celular,
como si yo estuviera a punto de llamar:
seis, seis, seis…
Lo juro, que no es una invención.
Pero, la verdad,
no sé cómo interpretar
esta feliz circunstancia,
pues, más que creer en la llamada de la bestia,
hecha por mí, o recibida de ella,
tiendo a pensar
que yo mismo soy ella
y que estoy,
bajo toda condición,
destinado a someterla,
a educarla y acogerla…
Seis, seis, seis
-decía mi celular,
y yo leí-:
amor, amor, amor…
Ya estamos en el cielo,
o en el infierno
(depende del lado
en el que usted se encuentre)
porque Dios ha creado
el uno dentro del otro
y el otro dentro del uno,
para que, pareciendo estar en el primero
no se abandone el segundo,
y para que, saliendo del segundo,
no se aleje de las llamas el corazón,
así hasta que el último espíritu se dé cuenta,
así hasta que todos seamos,
por su gracia, de nuevo, Dios,
y ya sin posibilidad
de una futura caída en el abismo.
(Fragmento no escrito
del viaje de retorno de Dante,
o de cualquiera de nosotros,
del fuero <fuego> de su mente al corazón.
O como diría el propio abismo:
¡Huye! ¡Huye de todo laberinto, alma buena!
Pues saliendo de todo laberinto
se halla, sin moverte del sitio,
justa, tu liberación).
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Y comiencen por amarse cada uno a sí mismo, para luego expandir su luz.
Yo, no como hombre, sino como ser humano, ante las mujeres, me impongo un respeto mayor que el que profeso a los de mi género. Y tampoco es mayor, es distinto. Considero que las mujeres a sí mismas, y los hombres hacia ellas, deberían mostrar un respeto sacramental. Porque a un varón se le debe el rubor del camarada, del hermano, del amigo, del colega, pero a una mujer se le entrega el cordón umbilical que a la hora del parto nos han cortado. Ellas son, en lo racional y en lo afectivo, lo más cercano a Dios de nuestra especie. Ellas tienen el don de portar vida, y, hasta la fecha y mientras no se demuestre lo contrario, saben cuidar de ella millones de veces mejor que su oponente, que su complemento. Porque efectivamente somos complemento hombres de mujeres, mujeres de hombres, pero ellas son la esencia y nosotros el accidente.
Ya hemos demostrado
que por un balón
somos capaces de matar,
ahora a ver si demostramos
que por el amor
somos capaces de crear fraternidad.
Cuando los curas, en un sepelio, acerca del difunto, dicen: que Dios lo acoja en su seno. Yo no puedo más que espantarme, asombrarme ante el error. ¡Pero si en el seno de Dios ya estamos! Toda la vida transcurre en su seno. ¿Cómo podría ser de otro modo? ¿Acaso, al margen de Dios, puede, podría, existir algo? No, claro que no. Por eso no hay que esperar la venida del cielo. Lo que hay que hacer es aprender a verlo en el presente que habitas, porque en el cielo ya estás. Y si de este modo no lo entiendes, no es porque la realidad sea tozuda, es porque el tozudo eres tú, que te enfocas en ver conflicto, en caminar por la sombra, cuando la luz y la paz abundan en todo el planeta. Medita, corrige tu posición, y sal de la cueva del ego que tú y tu sociedad tan torpemente construisteis. Una vez que respires aire puro, una vez que al espíritu del Todo tu conciencia se sume, ya no te hará falta esperar a que un sacerdote te dé la extrema unción, pues, en el momento que así vivas, tus pecados -si es que por pecados los quieres llamar- te habrán sido perdonados, tus heridas curadas, y todo tu corazón será tan libre como dichoso. No hay vida más vida que esa vida, ni más condena que la negación de tal experiencia. Y está a tu alcance redimirte o seguir insistiendo en la pena. Claro que el clero me corregirá, me dirá que ellos son imprescindibles, son imprescindibles para perdonar pecados, para acceder al cielo, y para gobernarlo. ¡Como si Dios hubiera querido poner a unos hijos por encima de otros! Qué barbaridad. Todos somos iguales, y todos tenemos en nuestra mano el premio de semejante igualdad. ¡Ahora! No hay que esperar a un mañana. De hecho, quien a mañana espera nunca llega. Serenamente se lo digo: estamos vivos, y Dios nos da todos los recursos para que disfrutemos de vivos estar, no caigamos en la falacia mental de las preocupaciones, en la falacia aún mayor del castigo actual sobrevenido y de la recompensa futura... Hagamos por el contrario lo que nuestro corazón nos pide, seamos de ese modo libres, sin miedo a la falta de control, porque el control está garantizado, no en nuestras manos sino en las manos de nuestro Creador.
(Esta reflexión forma parte del conjunto de reflexiones, microrrelatos y poemas englobados bajo el título "La luz a través del prisma", que ya va por su volumen número XXIII. Si Dios quiere, todos esos escritos acabarán siendo publicados bajo el sello argentino Bloghemia <Héctor Aún - Editorial Bloghemia> pero, como es mandato divino, y feliz costumbre, os los iré compartiendo por este medio también).
Mar de fondo
Por Héctor Aún.
A ti, Claudita, porque, a pesar de la distancia, eres una persona
muy importante en mi vida. Tu generosidad me inspira.
Y a ti, Juan, porque en mi corazón te llevo como un supersticioso
un amuleto. Saber que existes me reconforta con el mundo; éste, sin duda
alguna, es mejor contigo dentro.
1
María Pilar siempre fue su nombre, desde chiquita, aunque sus
padres pronto la empezaron a llamar Mari Pili, sus hermanos, burlonamente,
Pilarica, y las amigas en la escuela Pilar, a secas. Podría decirse que, la
historia de su vida, fue el tránsito que le llevó por una suerte de recorrido
entre distintos apelativos. Según se encontraba con un nuevo círculo de amigos,
o una nueva conquista amorosa, éstos y ésta le trataban de cambiar hasta el
apellido, y ella se dejaba hacer, con santa paciencia y ardiente estoicismo.
Nunca le importó demasiado que eso así sucediera. A ella tanto le daba que la
llamasen de una manera o de otra. Lo importante era el trato que le profesaban.
Con Juana y Berta, por ejemplo, compañeras inseparables de pupitre, tenía,
tuvo, una relación muy estrecha. Ninguna de las tres crecía adoctrinada en las
buenas costumbres, y eso de cruzar las piernas sentadas en asamblea les parecía
innecesario. Se vestían faldas que remangaban con justo proceder hasta las
rodillas, para mejor montar en bicicleta, y a los niños que trataban de
alzarles el vuelo de las mismas les devolvían con idéntica precisión piedras
sobre sus cabezas. No acertaron en ninguna de esas tentativas a herir a
muchacho alguno, pero todos salían huyendo ante la puntería y el mal genio que
se gastaban las tres amigas. A Pedrito, un día, le silbaron los guijarros por
debajo de la oreja, y, desde entonces, comoquiera que estaba estudiando el
catecismo, para la preparatoria a la primera comunión, y sabía que san Pedro
había hecho lo mismo con uno de los enviados por el Sanedrín, las empezó a
llamar las sampedrinas. Ellas se reían de Pedrito y de los otros chicos, y les
daba otro tanto igual que las tuvieran por machorros a causa de la impúdica
defensa con que se sostenían. Tenían las pantorrillas arañadas por la jara y
los abrojos, pues se adentraban en los prados y en los campos, sobre todo en la
ladera de los montes, ya que su pueblo era un pueblo de montaña, para coger
nidos de chochín o de zorzal. Cuando uno grande de urraca, o los más apetecibles,
de cigüeña, se prestaban a ser alcanzados, no dudaban en trepar hasta su
orilla, a varios metros sobre el suelo, encaramadas a las ramas de un buen
roble, o un alto pino, para vanagloriarse de tener los mejores huevos entre su
colección. Causaba admiración entre los niños ver cómo éstas trepaban por los
troncos feroces, sin asustarse de ratas y ardillas que pudieran encontrarse en
el camino.
-Las sampedrinas lo han hecho.
-Han sido las sampedrinas -comenzó a correrse la voz por la
cofradía el día que alguien arrasó con todos los nidos de paloma que habían
criado inútilmente en el campanario de la iglesia.
El campanario de la iglesia de El Espinar era alto, no apto para
niños o niñas con corazón temeroso. Amén de que, normalmente, estaba cerrado al
público. Solamente don Alejandro, cura párroco de la misma, tenía las llaves y
daba acceso a los operarios del ayuntamiento que, puntualmente, iban a remendar
el maltrecho tejado de la sacristía. Por eso nadie se explicaba cómo aquellas
niñas habían protagonizado semejante proeza. ¡Ni ellas mismas lo hacían! Ya
que, todas, las tres negaban que hubieran sido sus pequeñas manos quienes
hubieran arrasado con los pichones. ¡Si ellas adoraban a esas supuestas
mensajeras de la paz!
Aun así les cayó una buena reprimenda. Don Alejandro las amenazó
con prohibirlas vestir de blanco para la celebración. Privarlas de la comunión
hubiera sido excesivo, incluso para él, que era un párroco abusivo con su
carácter. Y no es que hablásemos de un mal tipo, no era el caso, pero sí de uno
acostumbrado a recibir reverencia del pueblo. Todavía quedaba en las gentes la
costumbre, heredada del franquismo, de saludar con besamanos a los sacerdotes,
doblando el espinazo como si ante nobles o reyes se toparan. Y eso a Alejandro
le gustaba. Había que mostrar respeto con los ministros de Dios. Por eso no
soportaba a los muchachos, ya que, éstos, con frecuencia, pasaban por alto tan
envenenada devoción y le manchaban de barro la sotana, o se presentaban ante el
altar sin el debido aseo de manos, ocupados como habían estado, apenas hace un
instante, en el juego de las canicas.
Las peores, en ese aspecto, eran las sampedrinas. A ellas no les
asustaba tirarse al suelo y rasparse las rodillas con la tierra áspera de las
calles sin asfaltar, si es que con ello ganaban una partida y se hacían,
inclementes, con todas las bolas de cristal que los otros niños tenían. Berta
era experta en eso, en desplumar a los chiquillos. Motivo por el cual, ninguno
en su sano juicio se aventuraba a una partida contra ella. Sólo los más osados
tomaban el reto de enfrentarla. Los más osados y estúpidos, pues, con el mismo
valor con el que iniciaban el juego, en idéntico arrepentimiento lo terminaban,
suplicando clemencia, si es que en la derrota perdían la mejor de sus canicas,
aquélla conseguida en algún desguace, que algún primo de ciudad les había
traído. Todas terminaban siendo parte de la colección de las sampedrinas. Al
igual que los mejores huevos.
Pero a las palomas ellas no las habían tocado, que fueron Antonio y
los de su cuadrilla quienes cometieron la tropelía. Lo que ocurrió fue que, al
momento de haber ejecutado su travesura, se dieron cuenta de que aquello no iba
a sentar bien a don Alejandro, y bajaron por las escaleras como el rayo,
tratando de evitar ser vistos por los feligreses que, a esa hora de la tarde,
iban a limpiar las galerías. Quiso la fortuna que las tres muchachas estuvieran
en la entrada, aguardando la llegada de las catequistas, procurando a Antoñito
y sus secuaces la oportuna justificación, a saber, que habían sido ellas y no
otras manos las que habían accedido al campanario. Ni Pili, ni Berta ni su
amiga fueron conscientes de cuán grave iba a ser la acusación. Se dieron cuenta
de ello al llegar a casa. Matilde, una de las tres amables voluntarias que
impartían catequesis en la escuela, justo la que les tocaba por turno a las
tres niñas, y el propio don Alejandro, las acercaron a sus respectivas casas,
sermoneándolas por el camino y anunciándoles terribles penas.
-¿Pero qué ha pasado, don Alejandro? -le preguntaban al verlo
llegar con sus tres niñas.
-Eso quisiera saber yo, pero no hay modo, que vuestras hijas no
sueltan prenda, si bien sabemos de buena tinta que han sido ellas.
Entonces comenzaba el interrogatorio. Las chicas, sentadas en una
silla del salón, junto a la nada, y la nada desabrida de sus padres aporreando
la mesa. Que cómo se te ocurre, que qué modales son esos para una dama… Y
dirigiéndose a su mujer, que qué clase de niña estaban criando, que parecía un
muchacho y no una princesa… A veces, en ese punto, a Pilar se le escapaba una
risa. Se moría de infarto cuando la comparaban con la casa real, pues no
apetecía, ni por asomo, semejante destino. Qué aburrida tenía que ser la vida
de una infanta, sin poder trepar a los chopos de la chopera, ni arrodillarse ante
el regato para formar una presa con la que después hacer barro y dar forma a su
fantasía.
-¡No te rías que te estoy hablando! -le amenazaba su padre.
Y ella contenía el jolgorio de voces y reproches que en su interior
se había gestado.
Ahora bien, la cosa no iba a quedar sin castigo, inmerecido, como
ya sabemos todos. La injusta condena fue dejarlas sin el desayuno al que eran
invitadas las tiernas criaturas justo el día de la celebración. En el hostal La
Típica, a pocos metros de la iglesia, en la Plaza llamada De la Corredera,
solían pasar los niños y las niñas sus primeras horas del día señalado. Allí
los llevaban, aún sin vestir oportunamente para la fiesta, sus amables
catequistas, para degustar un delicioso chocolate, del que podía repetir
abundantemente, con churros y porras recién sacadas de la sartén de Maganto, el
experimentado churrero. Luego de todo lo cual eran recogidos por los padres y
llevados de vuelta a casa para prepararse, con chaqueta y pantalones de tergal
los niños, con vestido de tul las féminas, cual muñecas de porcelana que tenían
que tener idéntico cuidado para no fracturarse por la mitad.
Pero Berta, Juana y Pilar, ese día no pasaron por La Típica. Se
quedaron sin saber a qué olía el chocolate caliente, ni a pasar por sus finos
dedos la rugosa harina quemada de los churros bañados en azúcar. Un pecado si
tenemos en cuenta que, por aquellas fechas, dichos manjares no estaban al
alcance de cualquiera. Suerte tenía un niño si alguna vez en su vida lo
probaba. Y no podía desperdiciar la ocasión que el cura les ofrecía,
pintiparada, de degustar con sabio proceder los apetitosos caprichos de
Maganto. Y ésa no era toda la desgracia. A veces, en ocasiones luminosas,
Antonio Yagüe, el pastelero, se levantaba generoso e invitaba a la cuadrilla de
niñas y niños que acudían al hostal a ricos suizos recién hechos, que mojaban
con fruición en el cacao. Ese año, precisamente, fue uno de los que con tanta
fortuna solían acontecer. Y las chicas se quedaron en casa, aguantando
estoicamente la bronca de sus padres.
-Esto te pasa por loca. ¿Has visto lo que has logrado? Todos tus
compañeros desayunando chocolate con churros y tú aquí, con leche y pan duro.
¡A este paso no llegarás lejos en la vida!
No entendía Pili por qué sacaban los pies del tiesto. Aun en el
caso de que hubieran sido ellas las que hubieran arrasado con los nidos de
paloma, no era la cosa para tanto. Dejarlas sin sus mejores dulces, ¡el día de
su comunión! Habrase visto. Ese recuerdo, o mejor dicho, ese no recuerdo las
perseguiría de por vida. Quedarían traumadas a causa de algo que, en el peor de
los casos, no habían hecho. Y no le podrían contar a sus hijas, si es que algún
día las tenían, lo felices que se sienten todas cuando van a desayunar el día
de la comunión, pues ellas no tendrían en sus corazones dicha experiencia.
Pilar mojaba el pan duro en la leche caliente, templada, tibia, y pensaba todo
esto, sin poder abrir la boca. Sabía que una sola protesta podía traer
aparejada infaustas represalias. A buen seguro su padre le cruzaría la cara,
por procaz y deslenguada. Y su madre le peinaría las trenzas sin ninguna
delicadeza, tirando ferozmente de los cabellos como sogas soportando duramente
el velamen de la nao. No, era mejor callar y soportar injustamente los avatares
del destino.
Ahora que, no eran, ni Berta, ni Juana ni ella, niñas que se
supieran domeñar. Cuando se vieron las tres junto al pórtico de entrada de la
iglesia, reunidas en espontánea y clandestina asamblea, tramaron venganza.
-¿Ah, sí? Pues va a tomar comunión quien yo les diga -dijo Juana,
la menor por unos días, que era a la vez la más lanzada.
Dado que el cura depositaba en las manos la hostia, éstas fingirían
llevársela a la boca para después arrojarla al suelo, o esconderla en un
pliegue de la manga. Había que hacerlo con disimulo, pues, en esa celebración
estarían a la vista de todos. Pero se las arreglarían. Y cuando les llegó el
turno, con don Alejandro mirando el llamado cuerpo de Cristo fijamente, pasando
de muchacha en muchacha y de zagal en zagal, ni se percató de que las tres
aguerridas salvajes deslizaban su mano por la puntilla contraria para hacerla
desaparecer bajo la manga. Ya tendrían ocasión de deshacerse cuando mejor
conviniera de la pequeña oblea. Y así, como si tal cosa, satisfechas con su
venganza, rezaron el Padrenuestro en la misa con una extraña sonrisa que sólo
ellas entendían.
-Muy bien -les felicitaron sus padres, ignorantes de cuanto en
verdad había pasado, ahora sí orgullosos de sus muchachas-, mi angelito del
cielo, ¡si tú pudieras verte ahora como yo te veo!
Y dale con lo de las princesas. ¡Campesinas se sentían ellas! Hijas
de campesinas y madres de campesinas que serían algún día, nada de miembros de
la realeza. Don Alejandro en persona se acercó a colocar la corona de las
niñas. En su infinita misericordia, se creía en el deber de acudir a perdonar a
las rebeldes. Las fue cogiendo, una a una por la barbilla, y tras de mesarle el
mentón les dio un pequeño cachete, que él entendía como aventada caricia.
-Excelente, pequeñas, ya sois parte del reino de Dios. Estaréis
orgullosas, ¿no?
A lo cual respondían con reverenciada discreción.
-Sí, padre, lo estamos.
Nadie podía sospechar que, ninguno, ni por los más remoto, las iba
a arrebatar el cielo en el que crecían. Saldrían de aquella encerrona, se
quitarían los vestidos, y, más pronto que tarde, volverían a coger nidos, a
despeñarse las rodillas trepando por las rocas, y a compartir bicicleta, Berta
era la única de las tres que tenía semejante artefacto del diablo, para escapar
por los sembrados hacia los Llanos de San Pedro, explanada en las afueras del
pueblo, y lugar preferido por ellas para tumbarse sobre la hierba y dedicarse a
ver las nubes con extrañas formas y esferas. Volverían a ser libres, si es que
alguna vez habían dejado de serlo. Volverían a ser dueñas de sí mismas, aunque
no tuvieran suizos con chocolate, ni churros bañados en azúcar, aunque el
propio don Alejandro les exigiera, de cuando en cuando, reeditar turbias
disculpas. Ellas aceptaban la condena, a riesgo de parecer sumisas, sabiéndose
sumisas sólo de su propia voluntad, forjada a fuego con los juegos de canicas,
con los desprecios de los otros niños, que las llamaban sampedrinas.
-Mirad, ahí van las sampedrinas -las señalaban con el dedo.
Y ellas levantaban el cuello para cerciorarse de que a todos les
quedaba claro que nada les importaba su opinión, menos ahora que habían
escapado de la sagrada eucaristía y se tenían, justo es decirlo, por las más
valientes e intrépidas del mundo.
(Si quieres leer la novela completa solo tienes que escribirme a hectoraun@gmail.com y yo te mando el pdf, por supuesto de manera gratuita).
Mi vida es un capítulo
de la entomología.
Antes era como una mosca,
siempre alrededor de la mierda,
y donde con papel de periódico
trataban de aplastarme,
allí, estúpida de mí, quería formar
hogar.
Pero ahora soy como libélula,
sobrevolando ríos y arroyos,
donde no siento el agua
no me quedo a ver si hay,
y los anglosajones con mística
todos me llaman dragonfly.
Uno de mis sitios preferidos, en mi pueblo, ahora en verano, sobre todo cuando salgo a pasear a una hora tan recia de calor, es un parque que hay junto a mi casa, rodeado de setos y árboles, con buena sombra y la compañía de múltiples aves, casi todas pequeñas, curiosas y de bello plumaje. La única cuestión disociativa es que al lado se encuentra una farmacia... Pero hasta esto lo doy por bueno solo con pensar que, Dios, en su infinita creación, me ha inspirado bajo un plátano de sombra la posibilidad de dar pie a un nuevo poemario. He escrito, llevado por esta feliz idea, seis o siete poemas, que más tarde pasaré a compartir con todos y todas. No lo hago ahora porque no deseo abrumaros con tanta insistente literatura. Pero sí os diré que el poemario se titulará, se titula ya, de hecho: Versonidina, farmacología gratuita. Y os dejaré una muestra del trabajo. Aquí va el poema número seis (o el cinco, que ahora no bien recuerdo):
Que los poemas
curan
es una verdad
como un templo,
que cura el
arte, la cultura,
como buen
medicamento con prospecto.
Solo que hay
que aprender a leer
su posología.
A saber,
¡vuélvase usted artista!
Tome así de la
creación cuanto necesita,
y, una vez que
se cure,
recuerde que no
hay mal que cien años dure,
y que esta es
la cuestión relativa
que más nos
hace enfermar,
pues cuando se
está en brazos de la poesía
todo es salud y
felicidad.
No pongo foto de perfil en este blog
porque Héctor Aún somos todos.
¿Aquello de no hacer imagen
de lo que está abajo en la tierra
ni arriba en el cielo dónde quedó?
Efectivamente, de nada se puede hacer imagen
si es que se pretende ser fiel a la verdad,
porque todo lo que existe
no somos tú, yo y nosotros,
sino Dios inabarcable en su más completa inmensidad.
Estás en el seno de Dios,
así que respeta,
porque si en el seno de Dios no
respetas
dime, ¿qué esperas respetar
cuando estés fuera?
He puesto un plato con agua en mi ventana
para que sacien su sed los pobres
pájaros.
Pero pájaros no vienen,
en la tarde ni en la mañana.
Las únicas que vienen a verme
son las avispas, pobres avispas.
Al principio me dije: ¿Avispas? ¡No!
Que me pican.
Y a punto estuve de quitar el plato.
Pero ahora las miro, pobrecitas, con
agrado,
y les digo: Tranquilas, que, si Dios
quiere,
yo a vosotras nunca os falto.
Don Abilio
Por
Héctor Aún.
1
Don Abilio era
un tipo corriente, si por corriente entendemos que no era dueño de ninguna
extravagancia. Si bien su vida no era nada vulgar. Se había jubilado hacía ya
cinco años, y aun así iba a su puesto de trabajo a ayudar en lo que podía.
Había sido maestro de escuela toda su vida, motivo por el cual recibía el
tratamiento de don. Abilio provenía de otra época, una en la que los maestros
estaban muy bien considerados, característica ésta que conservaba por mor de su
buen hacer. Y es que, en estos días, para que la jornada no se le hiciera
demasiado larga, acudía a la biblioteca del centro para atender a los muchachos
y organizar el fondo editorial. No estaba muy habituado con las nuevas
tecnologías, pero sus nietos le habían ayudado a renovarse, y ahora actualizaba
los ficheros de papel a informáticos con cierta soltura. Su mañana, no
obstante, comenzaba de otra guisa, que no trabajando. A saber, le gustaba ir
por el bar de Mario a tomarse un carajillo. Este abría temprano, así que a
Abilio le daba tiempo a ir, desfogarse muy de mañana, y emprender rumbo a su
paseo, que solía durar unas dos horas, a ritmo vivo. El cardiólogo le había
recomendado ejercicio moderado, y el maestro cumplía con este encargo. No con
los otros.
-Tienes que
dejar el carajillo, ¡y nada de fumar! -le había dicho.
Lo de fumar,
mal que bien, lo supo llevar a cabo. Al principio con cierta angustia, pues era
aficionado a los puros Farias desde bien jovencito. Pero no le gustaba en
absoluto la tos traicionera con la que se levantaba de la cama cada mañana, así
que se convenció de lo mejor. El ejercicio moderado también fue buen encargo.
Él ya estaba acostumbrado a caminar, lo hacía cada día desde que enviudó a los
treinta y cinco. Un maldito cáncer se llevó a Herminia, su esposa, cuando aún
no habían tenido tiempo de criar a sus dos hijos, Augusto y Manuel. La soledad
le quemaba, y había que tener en cuenta que la compañía de los dos pequeños no
le bastaba. Razón ésta por la que decidió asumir una nueva rutina, la de
caminar con ellos hasta el parque, dejarlos a cargo de alguna mamá
voluntariosa, y seguir más adelante, hasta las pistas de tenis que había, junto
a la cancha de fútbol, dos kilómetros más allá, ya en las afueras del pueblo. Ahora
bien, lo del carajillo ni pensarlo. Era parte de su rutina casi espiritual, ir
donde Mario, saludar, ver las noticias del día en el diario que para tal efecto
compraba el tabernero, y salir a paso vivo con nuevos bríos y mejores aires.
Esto lo incorporó a su día a día más adelante, cuando los críos se hicieron
grandes y abandonaron el nido camino de la universidad. Fue entonces cuando
Abilio asumió la pérdida de Herminia, casi veinte años después de su desdicha.
Manuel, el
pequeño, había decidido estudiar periodismo, y se fue a vivir con su hermano
Augusto a Madrid, a un piso que compartían con otros dos estudiantes, Juan y
Jesús. Este último trabajaba por las tardes en un establecimiento de comida
rápida, para sufragar gastos. Pero el primero sólo estudiaba, como le sucedía a
los dos hermanos, gracias al sueldo de Abilio, y a lo poco que Herminia y él
habían podido ahorrar en vida de aquella. No era mucho, bien es cierto,
suficiente sin embargo para que ambos marcharan a la capital a curtirse como
hombres. Para esto, en aquella época, estaba el servicio militar, ejercicio que
retrasaron para poder llevar a buen término sus estudios. Años después lo
asumieron de buena gana. Manuel destinado a Cartagena, y Augusto a Ferrol,
donde conoció a Victoria, con la que se casó.
El destino del
pequeño fue más retorcido, no por duro, sino por curvo. Ennovió con una chica
en Madrid, antes de alistarse. Pero la cosa no cuajó. Tres cuartas partes de lo
mismo le ocurrió en Cartagena, donde conoció a una chica que le duró algo más.
Incluso tiempo después de su reemplazo se seguían escribiendo por carta. Nada
serio, pues era claro que un amor de tan lejos no iba a fructificar. Al año de
licenciarse las cartas se espaciaron, y a los dos años lo dejaron. Fue en Navas
del Rey, su pueblo, donde al fin vino a conocer a la que después sería madre de
sus hijos, niño y niña que vinieron a llenar el vacío que Herminia había dejado
en Abilio. Ahora este sí que disfrutaba de la vida, pues hasta entonces todo
habían sido penurias, pequeñas y grandes. Sus nietos, no obstante, lo curaban
todo. Con ellos iba al parque, y postergaba su paseo por no dejarles solos. Los
llevaba al cole, para después recogerlos. Les daba de comer, y, por la tarde, antes
de que Manuel o Clara vinieran a por ellos, los acompañaba a recolectar moras,
si en el inicio del otoño, o simplemente a caminar un rato, circunstancia ésta
que le ayudaba a mantener el hábito de la marcha, y que, luego, tiempo después,
tan a propósito le vino según las indicaciones del médico.
Bien, pues,
Abilio, que tenía nombre de otro siglo, se adaptaba a las nuevas tecnologías
con la celeridad propia de un adolescente, gracias como dijimos a la ayuda
inestimable de sus nietos. Él solo informatizó todo el archivo de la
biblioteca, y colgaba post en las redes sociales recomendando, día sí y día
también, alguna lectura que, él mismo y en su santa rutina, había descubierto.
Por esta labor era reconocido en todo el centro. Sus compañeros le tenían
estima, y, de cuando en cuando, le regalaban pastas, o embutidos, y antes de su
percance coronario alguna que otra caja de puros. Se ocupaba, no sólo de la
biblioteca, sino también de las tareas adscritas al cargo, como eran las
actividades de animación a la lectura, y las visitas al cole de escritores,
tanto los de reconocido prestigio como los noveles.
Fue en uno de
esos encuentros donde conoció a Fernando, un autor, joven aún, que había
publicado, pese a su juventud, un número no menor de obras infantiles.
“Apreciado
Fernando -le escribió en una carta-. Le remito este mensaje desde un colegio
pequeño, sito en las Navas del Rey, pueblo Segoviano ubicado en la cara norte
de la Sierra de Guadarrama. El motivo del mismo es para invitarle a tener un
encuentro con los chavales, que son ávidos lectores de su obra. Lamentablemente
-concluía-, no disponemos de dinero con el que remunerarle, por lo que entiendo
que deba declinar nuestro ofrecimiento.”
El correo
seguía, pero Fernando no leyó más. Era, si no el más voluntarioso, uno de los
que más, en cuanto a escritores se refiere, y acudía allá donde era llamado,
aunque fuera a coste cero o, incluso, a costa de su bolsillo, como era el caso.
Hecho este que motivó una férrea amistad entre él y el propio Abilio.
-Venga a comer
a casa -le invitó el día de la visita.
Fernando
accedió de buen grado. Por entonces Augusto y Manuel eran pequeños. Estaban
emocionados de recibir en su propia casa a un escritor. Habían leído casi todos
sus trabajos, por recomendación de su propio padre, y ahora tenían la
oportunidad de felicitarle en persona. Éste, Fernando, que era de por sí muy
efusivo, se encendió al comprobar en los menores tan buenos hábitos, y les
firmó con dedicatoria sendos títulos que, ya para siempre, aquellos conservaron
como oro en paño.
Abilio
recordaba con cariño la visita de Fernando, y el buen espíritu con el que había
tratado a sus dos hijos. No pudo hacer, o mejor dicho, no quiso abusar de la
generosidad del mismo, para traerlo de nuevo al colegio, pero estuvo al tanto
de su trayectoria ya de por vida. Compraba cada título según aquél los iba
sacando, y ampliaba con ellos el fondo, tanto de su biblioteca personal, como
la del centro, donde los alumnos le leían con fruición. Era, de hecho, el
escritor favorito de todos, no solo por su trabajo, sino por su gentileza. Los
estudiantes le escribían cartas llenas de fervor, y éste les devolvía misivas
dedicadas con igual cariño, e idéntica pasión. Tiempo después las cartas
pasaron a mejor vida, y los mensajes electrónicos le ganaron la apuesta al
papel. Hecho éste que interrumpió en cierto modo la generosidad del escritor,
no porque esta menguara en su ánimo, sino porque, eran tantos los correos
recibidos, que hacía imposible leerlos todos, y menos aún contestarlos. El
trato entre Abilio y Fernando, sin embargo, prosiguió. Bien entrada la
jubilación de aquél seguía manteniendo contacto con este segundo.
Nada parecía
afectar a la rutina del maestro, exmaestro para ser exactos. Hasta el día en
que cayó enfermo. Fuera por el carajillo o no, Abilio estaba seguro de esto
segundo, se le despertó una septicemia que le afectaba al hígado.
-Tienes que
dejar de beber -le recomendó insistentemente el médico-. ¡Te lo tengo dicho!
Pero Abilio no
hizo caso. A fin de cuentas era sólo un carajillo. No tomaba vino, ni siquiera
en la comida. Cerveza menos aún. Y las copas no eran de su agrado. Tan sólo le
acompañaba al café con unas gotas de coñac. ¡Cómo iba a ser posible que ese
hecho tan nimio le causara semejante infección! No, el doctor se equivocaba.
Seguramente el mal le había sobrevenido por alguna cuestión genética. Recordaba
que su padre, y un tío abuelo de éste habían muerto por idénticas
circunstancias.
-No me dé la
brasa doctor, que apenas bebo, ya lo sabe usted.
El hecho fue
que, a partir de entonces, todo cambió. Y no nos referimos a su rutina diaria,
que también. Tuvo que dejar de acudir al colegio diariamente, y postergó sus
paseos hasta que se encontrara mejor. No, no fue eso lo que cambió, sino algo
mucho más transcendental. Abilio era ateo, o cuando menos agnóstico, y no creía
en los milagros, tampoco en lo paranormal. Sin embargo, lo que le vino a
suceder con el tiempo desmontó todo su andamio de creencias y convicciones. El
destino, ahora sí, después de tantos y tantos avatares, se le estaba volviendo
esquivo.
(Hasta aquí el primer capítulo. Si quieres leer la novela entera (es breve) solo tienes que escribirme a hectoraun@gmail.com y te mando el pdf, sin problema).
Estoy tan ricamente,
más no puedo pedir…
Bueno, una cosa sí se me ocurre,
a saber, que el mundo se parezca a
mí.
Y no porque como yo quiero que sea,
pero sí para que sea, igual que yo,
¡tan feliz!
La mujer me parece hermosa,
el hombre hermoso me parece,
pero lo que más me atrae
es ver a un hombre y a una mujer
siendo pareja en perfecta comunión.
Por eso, y no por otra cosa,
adoro los bailes de salón,
el clásico ballet
donde hombre y mujer se desenvuelven,
o las coreografías sobre hielo
que entre dos se afrontan
en el patinaje artístico...
Cuánto infinitamente más bello es
el cuerpo de dos siendo uno
que el de uno, una,
queriendo comulgar con su sombra,
cuánto más -repito-
el infinito danzando consigo mismo
que todas las cosas separadas, aunque juntas.
Hay que agradecer,
no a Dios por cada cosa,
sino a cada cosa por ser Dios.
Porque todas las cosas existentes
son Dios brindándote
un servicio numerario,
y hasta la escobilla del váter merece
que tú ante ella te inclines.
No temas hacerlo, ¡con todo!,
porque no te estás volviendo loco,
simplemente estás logrando
ser a un tiempo
jinete y caballo con sus crines.
El mundo está lleno de amor,
y solo hay que tener ojos para verlo.
O quizá no sean los ojos los que vean,
sino el espíritu que, tarde o temprano,
a todos nos doblega.
Ese espíritu que nos hace sentir
la unidad de todo el mundo,
las cosas siendo cosas,
los animales animales,
las personas las personas.
Pero todos esos entes
dejando de ser lo que son
para ingresar al estado de la Vida,
estado en el que todos y todas
nos amamos, nos entregamos,
y compartimos el mismo botín,
un tesoro por el que merece la pena
sanar, curar heridas,
y afrontar con cierta alegría
la aventura de existir.
De mi estado actual de cosas
he comprendido que no todo tiene cabida.
Por ejemplo, los partidos de fútbol
con cerveza y patata frita
pasaron a mejor vida,
las reuniones con chicas y chicos,
incluso si son mi familia,
y los paseos nocturnos
buscando en bares homilías.
No, ya no hay espacio
en mi soledad, en mi templo,
y lo que protesta por ello
me importa, sinceramente, tres cuernos.
A ver cómo lo digo
que resulte comprensible,
que el académico
y el párvulo lo entiendan...
¡Déjense de polladas
y vayamos al tema!
Empecemos por amarnos
y cuidarnos, por teorema.
Y si la teoría falla
¡a la mierda los exégetas!
Una vida nos reclama
que seamos más hermosos,
¿seremos nosotros dignos
de tan noble encomienda?
Que así sea,
y si no, que se nos caigan los dedos
yertos de pura lepra.
Me alegra someterme
al juicio de mis hermanos.
Por favor se lo pido,
¡que fiscalicen mis actos!
Y si vieran algo indecoroso,
pues aquí estamos
dispuestos a escucharlos,
dispuestos a remendarme,
y a cambiar por ellos,
¡vaya milagro!
No es mi misión
averiguar cuántos en el mundo me siguen.
Lo mío es la canción,
como el trino lo es del ruiseñor
o del árbol la rama
sobre la que los ruiseñores aniden.
Demasiados estímulos externos
construyen en la mente mil caminos
y hacen de la mente laberinto
del que solo escapan sabios y expertos.
Demasiados estímulos -digo-
¿y no será mejor hallar abrigo
en un rincón sereno del alma?
Recluirse no es para huir del tiempo,
es para encontrarse en un abismo
más cierto que la nada,
y así regresar, una vez creado palacio,
a la vida comunal,
a saludar a tu vecino,
ya no con un saludo vacío,
sino con una espiral de sentido
que puebla las montañas
y hace océanos los ríos.
Política de la confrontación:
¡Que me la chupen!
¡Que me la chupen
todos mis adversarios!
Versus política para el amor:
Compañeros, enemigos,
dejemos a un lado disputas,
¡mirémonos con el corazón!
Y si alguno, tras con el alma mirarse,
se sintiera mi adversario,
sepa otorgarme perdón.
Todos te observan,
todos te entienden,
pero tú no entiendes nada
porque no eres los otros
sino el fuego que a los otros
enciende.
Todos te observan,
todos te esperan,
no tengas temor
y atraviesa esa puerta.
En Redes circulaba un consejo que te advertía de que ser bueno con las personas y esperar a que las personas por ello fueran buenas contigo era como hacerse vegetariano y esperar a que el león no te comiera por esta misma disposición de tu espíritu. Bien, pues, debo decir, anunciarlo a los cuatro vientos, que quien escribió semejante disparate se equivocaba, porque, en efecto, amar al mundo es la garantía que todos buscamos de que el mundo no te hará daño. Lo digo por experiencia, pero, aunque experiencia no tuviera, bien recomendaría seguir en este sentido, pues arriesgarse a ser destrozado por el hecho de haberse vuelto indefenso es el mejor acantilado al que te puedes asomar. ¿No creen ustedes que un tal plan de vida merece la pena ser explorado? Ánimo, porque a los valientes Dios les espera del otro lado.
Te afanas en conseguir dinero
y no en seguir la voluntad de tu Señor...
Craso error,
pues al que hace lo segundo
nada le falta en vida,
¿no ves que se ha convertido en Dios?
Cada abrir los ojos
es un despertarse de Dios,
cada poner un pie fuera de la cama
un desperezarse el Señor,
y, en definitiva,
cada cosa que tú haces
no un tú haciendo tal cosa
sino el todo manifestando su unión.
Ante el primer problema
que se presenta,
¿qué hace tu mente,
pierde los papeles,
al menos se enfada,
o simplemente se adapta?
Lo digo porque
una mente ante un problema
todavía no se ha dado cuenta
de que el problema es ella,
porque toda mente que existe
es el problema.
La ausencia de problemas llega
cuando la mente deja de existir,
cuando el alma empieza a danzar
y se da cuenta
de que, ella misma, es la realidad.
Entonces, cuando eso sucede,
no se dan los problemas,
simplemente se dan las circunstancias,
el baile, y ante el baile la conciencia
de que en verdad no somos nadie,
que somos más bien del todo una parte,
en el viento una partícula de aire.
Los barcos de papel
se han construido con mimo,
pero tienen arrugas,
están mal doblados
-no da para tanto
la voluntad de un niño-
y sin embargo no importa,
porque lo que importa
y es en verdad trascendente
es que, una vez lanzado al agua,
flota,
flota y flota y flota y flota,
y se lo lleva la corriente
como si un bajel pirata fuera.
Qué emoción entonces
la del infante
que lo ve surcando el regato
por vez primera.
Qué emoción -repito-
la del papel sintiéndose firme madera.
Toda la vida
Toda la vidaYo tengo una Madre que por sendas oscuras me ha guiado, y nunca, nunca, nunca, ha dejado que la oscuridad cubriera mi alma. Ha sido, es, la ...