Yo, no como hombre, sino como ser humano, ante las mujeres, me impongo un respeto mayor que el que profeso a los de mi género. Y tampoco es mayor, es distinto. Considero que las mujeres a sí mismas, y los hombres hacia ellas, deberían mostrar un respeto sacramental. Porque a un varón se le debe el rubor del camarada, del hermano, del amigo, del colega, pero a una mujer se le entrega el cordón umbilical que a la hora del parto nos han cortado. Ellas son, en lo racional y en lo afectivo, lo más cercano a Dios de nuestra especie. Ellas tienen el don de portar vida, y, hasta la fecha y mientras no se demuestre lo contrario, saben cuidar de ella millones de veces mejor que su oponente, que su complemento. Porque efectivamente somos complemento hombres de mujeres, mujeres de hombres, pero ellas son la esencia y nosotros el accidente.
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