Hay que agradecer,
no a Dios por cada cosa,
sino a cada cosa por ser Dios.
Porque todas las cosas existentes
son Dios brindándote
un servicio numerario,
y hasta la escobilla del váter merece
que tú ante ella te inclines.
No temas hacerlo, ¡con todo!,
porque no te estás volviendo loco,
simplemente estás logrando
ser a un tiempo
jinete y caballo con sus crines.
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