He puesto un plato con agua en mi ventana
para que sacien su sed los pobres
pájaros.
Pero pájaros no vienen,
en la tarde ni en la mañana.
Las únicas que vienen a verme
son las avispas, pobres avispas.
Al principio me dije: ¿Avispas? ¡No!
Que me pican.
Y a punto estuve de quitar el plato.
Pero ahora las miro, pobrecitas, con
agrado,
y les digo: Tranquilas, que, si Dios
quiere,
yo a vosotras nunca os falto.
Las avispas también son hijas de Dios.
ResponderEliminarTienen suerte de tenerte ahí, ja ja ja
Un abrazo, Héctor.