sábado, 18 de julio de 2026

Primer capítulo de mi novela "Don Abilio"

 

Don Abilio

Por Héctor Aún.

1

 

Don Abilio era un tipo corriente, si por corriente entendemos que no era dueño de ninguna extravagancia. Si bien su vida no era nada vulgar. Se había jubilado hacía ya cinco años, y aun así iba a su puesto de trabajo a ayudar en lo que podía. Había sido maestro de escuela toda su vida, motivo por el cual recibía el tratamiento de don. Abilio provenía de otra época, una en la que los maestros estaban muy bien considerados, característica ésta que conservaba por mor de su buen hacer. Y es que, en estos días, para que la jornada no se le hiciera demasiado larga, acudía a la biblioteca del centro para atender a los muchachos y organizar el fondo editorial. No estaba muy habituado con las nuevas tecnologías, pero sus nietos le habían ayudado a renovarse, y ahora actualizaba los ficheros de papel a informáticos con cierta soltura. Su mañana, no obstante, comenzaba de otra guisa, que no trabajando. A saber, le gustaba ir por el bar de Mario a tomarse un carajillo. Este abría temprano, así que a Abilio le daba tiempo a ir, desfogarse muy de mañana, y emprender rumbo a su paseo, que solía durar unas dos horas, a ritmo vivo. El cardiólogo le había recomendado ejercicio moderado, y el maestro cumplía con este encargo. No con los otros.

-Tienes que dejar el carajillo, ¡y nada de fumar! -le había dicho.

Lo de fumar, mal que bien, lo supo llevar a cabo. Al principio con cierta angustia, pues era aficionado a los puros Farias desde bien jovencito. Pero no le gustaba en absoluto la tos traicionera con la que se levantaba de la cama cada mañana, así que se convenció de lo mejor. El ejercicio moderado también fue buen encargo. Él ya estaba acostumbrado a caminar, lo hacía cada día desde que enviudó a los treinta y cinco. Un maldito cáncer se llevó a Herminia, su esposa, cuando aún no habían tenido tiempo de criar a sus dos hijos, Augusto y Manuel. La soledad le quemaba, y había que tener en cuenta que la compañía de los dos pequeños no le bastaba. Razón ésta por la que decidió asumir una nueva rutina, la de caminar con ellos hasta el parque, dejarlos a cargo de alguna mamá voluntariosa, y seguir más adelante, hasta las pistas de tenis que había, junto a la cancha de fútbol, dos kilómetros más allá, ya en las afueras del pueblo. Ahora bien, lo del carajillo ni pensarlo. Era parte de su rutina casi espiritual, ir donde Mario, saludar, ver las noticias del día en el diario que para tal efecto compraba el tabernero, y salir a paso vivo con nuevos bríos y mejores aires. Esto lo incorporó a su día a día más adelante, cuando los críos se hicieron grandes y abandonaron el nido camino de la universidad. Fue entonces cuando Abilio asumió la pérdida de Herminia, casi veinte años después de su desdicha.

Manuel, el pequeño, había decidido estudiar periodismo, y se fue a vivir con su hermano Augusto a Madrid, a un piso que compartían con otros dos estudiantes, Juan y Jesús. Este último trabajaba por las tardes en un establecimiento de comida rápida, para sufragar gastos. Pero el primero sólo estudiaba, como le sucedía a los dos hermanos, gracias al sueldo de Abilio, y a lo poco que Herminia y él habían podido ahorrar en vida de aquella. No era mucho, bien es cierto, suficiente sin embargo para que ambos marcharan a la capital a curtirse como hombres. Para esto, en aquella época, estaba el servicio militar, ejercicio que retrasaron para poder llevar a buen término sus estudios. Años después lo asumieron de buena gana. Manuel destinado a Cartagena, y Augusto a Ferrol, donde conoció a Victoria, con la que se casó.

El destino del pequeño fue más retorcido, no por duro, sino por curvo. Ennovió con una chica en Madrid, antes de alistarse. Pero la cosa no cuajó. Tres cuartas partes de lo mismo le ocurrió en Cartagena, donde conoció a una chica que le duró algo más. Incluso tiempo después de su reemplazo se seguían escribiendo por carta. Nada serio, pues era claro que un amor de tan lejos no iba a fructificar. Al año de licenciarse las cartas se espaciaron, y a los dos años lo dejaron. Fue en Navas del Rey, su pueblo, donde al fin vino a conocer a la que después sería madre de sus hijos, niño y niña que vinieron a llenar el vacío que Herminia había dejado en Abilio. Ahora este sí que disfrutaba de la vida, pues hasta entonces todo habían sido penurias, pequeñas y grandes. Sus nietos, no obstante, lo curaban todo. Con ellos iba al parque, y postergaba su paseo por no dejarles solos. Los llevaba al cole, para después recogerlos. Les daba de comer, y, por la tarde, antes de que Manuel o Clara vinieran a por ellos, los acompañaba a recolectar moras, si en el inicio del otoño, o simplemente a caminar un rato, circunstancia ésta que le ayudaba a mantener el hábito de la marcha, y que, luego, tiempo después, tan a propósito le vino según las indicaciones del médico.

Bien, pues, Abilio, que tenía nombre de otro siglo, se adaptaba a las nuevas tecnologías con la celeridad propia de un adolescente, gracias como dijimos a la ayuda inestimable de sus nietos. Él solo informatizó todo el archivo de la biblioteca, y colgaba post en las redes sociales recomendando, día sí y día también, alguna lectura que, él mismo y en su santa rutina, había descubierto. Por esta labor era reconocido en todo el centro. Sus compañeros le tenían estima, y, de cuando en cuando, le regalaban pastas, o embutidos, y antes de su percance coronario alguna que otra caja de puros. Se ocupaba, no sólo de la biblioteca, sino también de las tareas adscritas al cargo, como eran las actividades de animación a la lectura, y las visitas al cole de escritores, tanto los de reconocido prestigio como los noveles.

Fue en uno de esos encuentros donde conoció a Fernando, un autor, joven aún, que había publicado, pese a su juventud, un número no menor de obras infantiles.

“Apreciado Fernando -le escribió en una carta-. Le remito este mensaje desde un colegio pequeño, sito en las Navas del Rey, pueblo Segoviano ubicado en la cara norte de la Sierra de Guadarrama. El motivo del mismo es para invitarle a tener un encuentro con los chavales, que son ávidos lectores de su obra. Lamentablemente -concluía-, no disponemos de dinero con el que remunerarle, por lo que entiendo que deba declinar nuestro ofrecimiento.”

El correo seguía, pero Fernando no leyó más. Era, si no el más voluntarioso, uno de los que más, en cuanto a escritores se refiere, y acudía allá donde era llamado, aunque fuera a coste cero o, incluso, a costa de su bolsillo, como era el caso. Hecho este que motivó una férrea amistad entre él y el propio Abilio.

-Venga a comer a casa -le invitó el día de la visita.

Fernando accedió de buen grado. Por entonces Augusto y Manuel eran pequeños. Estaban emocionados de recibir en su propia casa a un escritor. Habían leído casi todos sus trabajos, por recomendación de su propio padre, y ahora tenían la oportunidad de felicitarle en persona. Éste, Fernando, que era de por sí muy efusivo, se encendió al comprobar en los menores tan buenos hábitos, y les firmó con dedicatoria sendos títulos que, ya para siempre, aquellos conservaron como oro en paño.

Abilio recordaba con cariño la visita de Fernando, y el buen espíritu con el que había tratado a sus dos hijos. No pudo hacer, o mejor dicho, no quiso abusar de la generosidad del mismo, para traerlo de nuevo al colegio, pero estuvo al tanto de su trayectoria ya de por vida. Compraba cada título según aquél los iba sacando, y ampliaba con ellos el fondo, tanto de su biblioteca personal, como la del centro, donde los alumnos le leían con fruición. Era, de hecho, el escritor favorito de todos, no solo por su trabajo, sino por su gentileza. Los estudiantes le escribían cartas llenas de fervor, y éste les devolvía misivas dedicadas con igual cariño, e idéntica pasión. Tiempo después las cartas pasaron a mejor vida, y los mensajes electrónicos le ganaron la apuesta al papel. Hecho éste que interrumpió en cierto modo la generosidad del escritor, no porque esta menguara en su ánimo, sino porque, eran tantos los correos recibidos, que hacía imposible leerlos todos, y menos aún contestarlos. El trato entre Abilio y Fernando, sin embargo, prosiguió. Bien entrada la jubilación de aquél seguía manteniendo contacto con este segundo.

Nada parecía afectar a la rutina del maestro, exmaestro para ser exactos. Hasta el día en que cayó enfermo. Fuera por el carajillo o no, Abilio estaba seguro de esto segundo, se le despertó una septicemia que le afectaba al hígado.

-Tienes que dejar de beber -le recomendó insistentemente el médico-. ¡Te lo tengo dicho!

Pero Abilio no hizo caso. A fin de cuentas era sólo un carajillo. No tomaba vino, ni siquiera en la comida. Cerveza menos aún. Y las copas no eran de su agrado. Tan sólo le acompañaba al café con unas gotas de coñac. ¡Cómo iba a ser posible que ese hecho tan nimio le causara semejante infección! No, el doctor se equivocaba. Seguramente el mal le había sobrevenido por alguna cuestión genética. Recordaba que su padre, y un tío abuelo de éste habían muerto por idénticas circunstancias.

-No me dé la brasa doctor, que apenas bebo, ya lo sabe usted.

El hecho fue que, a partir de entonces, todo cambió. Y no nos referimos a su rutina diaria, que también. Tuvo que dejar de acudir al colegio diariamente, y postergó sus paseos hasta que se encontrara mejor. No, no fue eso lo que cambió, sino algo mucho más transcendental. Abilio era ateo, o cuando menos agnóstico, y no creía en los milagros, tampoco en lo paranormal. Sin embargo, lo que le vino a suceder con el tiempo desmontó todo su andamio de creencias y convicciones. El destino, ahora sí, después de tantos y tantos avatares, se le estaba volviendo esquivo.



(Hasta aquí el primer capítulo. Si quieres leer la novela entera (es breve) solo tienes que escribirme a hectoraun@gmail.com y te mando el pdf, sin problema).

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