Don Abilio
Por
Héctor Aún.
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Don Abilio era
un tipo corriente, si por corriente entendemos que no era dueño de ninguna
extravagancia. Si bien su vida no era nada vulgar. Se había jubilado hacía ya
cinco años, y aun así iba a su puesto de trabajo a ayudar en lo que podía.
Había sido maestro de escuela toda su vida, motivo por el cual recibía el
tratamiento de don. Abilio provenía de otra época, una en la que los maestros
estaban muy bien considerados, característica ésta que conservaba por mor de su
buen hacer. Y es que, en estos días, para que la jornada no se le hiciera
demasiado larga, acudía a la biblioteca del centro para atender a los muchachos
y organizar el fondo editorial. No estaba muy habituado con las nuevas
tecnologías, pero sus nietos le habían ayudado a renovarse, y ahora actualizaba
los ficheros de papel a informáticos con cierta soltura. Su mañana, no
obstante, comenzaba de otra guisa, que no trabajando. A saber, le gustaba ir
por el bar de Mario a tomarse un carajillo. Este abría temprano, así que a
Abilio le daba tiempo a ir, desfogarse muy de mañana, y emprender rumbo a su
paseo, que solía durar unas dos horas, a ritmo vivo. El cardiólogo le había
recomendado ejercicio moderado, y el maestro cumplía con este encargo. No con
los otros.
-Tienes que
dejar el carajillo, ¡y nada de fumar! -le había dicho.
Lo de fumar,
mal que bien, lo supo llevar a cabo. Al principio con cierta angustia, pues era
aficionado a los puros Farias desde bien jovencito. Pero no le gustaba en
absoluto la tos traicionera con la que se levantaba de la cama cada mañana, así
que se convenció de lo mejor. El ejercicio moderado también fue buen encargo.
Él ya estaba acostumbrado a caminar, lo hacía cada día desde que enviudó a los
treinta y cinco. Un maldito cáncer se llevó a Herminia, su esposa, cuando aún
no habían tenido tiempo de criar a sus dos hijos, Augusto y Manuel. La soledad
le quemaba, y había que tener en cuenta que la compañía de los dos pequeños no
le bastaba. Razón ésta por la que decidió asumir una nueva rutina, la de
caminar con ellos hasta el parque, dejarlos a cargo de alguna mamá
voluntariosa, y seguir más adelante, hasta las pistas de tenis que había, junto
a la cancha de fútbol, dos kilómetros más allá, ya en las afueras del pueblo. Ahora
bien, lo del carajillo ni pensarlo. Era parte de su rutina casi espiritual, ir
donde Mario, saludar, ver las noticias del día en el diario que para tal efecto
compraba el tabernero, y salir a paso vivo con nuevos bríos y mejores aires.
Esto lo incorporó a su día a día más adelante, cuando los críos se hicieron
grandes y abandonaron el nido camino de la universidad. Fue entonces cuando
Abilio asumió la pérdida de Herminia, casi veinte años después de su desdicha.
Manuel, el
pequeño, había decidido estudiar periodismo, y se fue a vivir con su hermano
Augusto a Madrid, a un piso que compartían con otros dos estudiantes, Juan y
Jesús. Este último trabajaba por las tardes en un establecimiento de comida
rápida, para sufragar gastos. Pero el primero sólo estudiaba, como le sucedía a
los dos hermanos, gracias al sueldo de Abilio, y a lo poco que Herminia y él
habían podido ahorrar en vida de aquella. No era mucho, bien es cierto,
suficiente sin embargo para que ambos marcharan a la capital a curtirse como
hombres. Para esto, en aquella época, estaba el servicio militar, ejercicio que
retrasaron para poder llevar a buen término sus estudios. Años después lo
asumieron de buena gana. Manuel destinado a Cartagena, y Augusto a Ferrol,
donde conoció a Victoria, con la que se casó.
El destino del
pequeño fue más retorcido, no por duro, sino por curvo. Ennovió con una chica
en Madrid, antes de alistarse. Pero la cosa no cuajó. Tres cuartas partes de lo
mismo le ocurrió en Cartagena, donde conoció a una chica que le duró algo más.
Incluso tiempo después de su reemplazo se seguían escribiendo por carta. Nada
serio, pues era claro que un amor de tan lejos no iba a fructificar. Al año de
licenciarse las cartas se espaciaron, y a los dos años lo dejaron. Fue en Navas
del Rey, su pueblo, donde al fin vino a conocer a la que después sería madre de
sus hijos, niño y niña que vinieron a llenar el vacío que Herminia había dejado
en Abilio. Ahora este sí que disfrutaba de la vida, pues hasta entonces todo
habían sido penurias, pequeñas y grandes. Sus nietos, no obstante, lo curaban
todo. Con ellos iba al parque, y postergaba su paseo por no dejarles solos. Los
llevaba al cole, para después recogerlos. Les daba de comer, y, por la tarde, antes
de que Manuel o Clara vinieran a por ellos, los acompañaba a recolectar moras,
si en el inicio del otoño, o simplemente a caminar un rato, circunstancia ésta
que le ayudaba a mantener el hábito de la marcha, y que, luego, tiempo después,
tan a propósito le vino según las indicaciones del médico.
Bien, pues,
Abilio, que tenía nombre de otro siglo, se adaptaba a las nuevas tecnologías
con la celeridad propia de un adolescente, gracias como dijimos a la ayuda
inestimable de sus nietos. Él solo informatizó todo el archivo de la
biblioteca, y colgaba post en las redes sociales recomendando, día sí y día
también, alguna lectura que, él mismo y en su santa rutina, había descubierto.
Por esta labor era reconocido en todo el centro. Sus compañeros le tenían
estima, y, de cuando en cuando, le regalaban pastas, o embutidos, y antes de su
percance coronario alguna que otra caja de puros. Se ocupaba, no sólo de la
biblioteca, sino también de las tareas adscritas al cargo, como eran las
actividades de animación a la lectura, y las visitas al cole de escritores,
tanto los de reconocido prestigio como los noveles.
Fue en uno de
esos encuentros donde conoció a Fernando, un autor, joven aún, que había
publicado, pese a su juventud, un número no menor de obras infantiles.
“Apreciado
Fernando -le escribió en una carta-. Le remito este mensaje desde un colegio
pequeño, sito en las Navas del Rey, pueblo Segoviano ubicado en la cara norte
de la Sierra de Guadarrama. El motivo del mismo es para invitarle a tener un
encuentro con los chavales, que son ávidos lectores de su obra. Lamentablemente
-concluía-, no disponemos de dinero con el que remunerarle, por lo que entiendo
que deba declinar nuestro ofrecimiento.”
El correo
seguía, pero Fernando no leyó más. Era, si no el más voluntarioso, uno de los
que más, en cuanto a escritores se refiere, y acudía allá donde era llamado,
aunque fuera a coste cero o, incluso, a costa de su bolsillo, como era el caso.
Hecho este que motivó una férrea amistad entre él y el propio Abilio.
-Venga a comer
a casa -le invitó el día de la visita.
Fernando
accedió de buen grado. Por entonces Augusto y Manuel eran pequeños. Estaban
emocionados de recibir en su propia casa a un escritor. Habían leído casi todos
sus trabajos, por recomendación de su propio padre, y ahora tenían la
oportunidad de felicitarle en persona. Éste, Fernando, que era de por sí muy
efusivo, se encendió al comprobar en los menores tan buenos hábitos, y les
firmó con dedicatoria sendos títulos que, ya para siempre, aquellos conservaron
como oro en paño.
Abilio
recordaba con cariño la visita de Fernando, y el buen espíritu con el que había
tratado a sus dos hijos. No pudo hacer, o mejor dicho, no quiso abusar de la
generosidad del mismo, para traerlo de nuevo al colegio, pero estuvo al tanto
de su trayectoria ya de por vida. Compraba cada título según aquél los iba
sacando, y ampliaba con ellos el fondo, tanto de su biblioteca personal, como
la del centro, donde los alumnos le leían con fruición. Era, de hecho, el
escritor favorito de todos, no solo por su trabajo, sino por su gentileza. Los
estudiantes le escribían cartas llenas de fervor, y éste les devolvía misivas
dedicadas con igual cariño, e idéntica pasión. Tiempo después las cartas
pasaron a mejor vida, y los mensajes electrónicos le ganaron la apuesta al
papel. Hecho éste que interrumpió en cierto modo la generosidad del escritor,
no porque esta menguara en su ánimo, sino porque, eran tantos los correos
recibidos, que hacía imposible leerlos todos, y menos aún contestarlos. El
trato entre Abilio y Fernando, sin embargo, prosiguió. Bien entrada la
jubilación de aquél seguía manteniendo contacto con este segundo.
Nada parecía
afectar a la rutina del maestro, exmaestro para ser exactos. Hasta el día en
que cayó enfermo. Fuera por el carajillo o no, Abilio estaba seguro de esto
segundo, se le despertó una septicemia que le afectaba al hígado.
-Tienes que
dejar de beber -le recomendó insistentemente el médico-. ¡Te lo tengo dicho!
Pero Abilio no
hizo caso. A fin de cuentas era sólo un carajillo. No tomaba vino, ni siquiera
en la comida. Cerveza menos aún. Y las copas no eran de su agrado. Tan sólo le
acompañaba al café con unas gotas de coñac. ¡Cómo iba a ser posible que ese
hecho tan nimio le causara semejante infección! No, el doctor se equivocaba.
Seguramente el mal le había sobrevenido por alguna cuestión genética. Recordaba
que su padre, y un tío abuelo de éste habían muerto por idénticas
circunstancias.
-No me dé la
brasa doctor, que apenas bebo, ya lo sabe usted.
El hecho fue
que, a partir de entonces, todo cambió. Y no nos referimos a su rutina diaria,
que también. Tuvo que dejar de acudir al colegio diariamente, y postergó sus
paseos hasta que se encontrara mejor. No, no fue eso lo que cambió, sino algo
mucho más transcendental. Abilio era ateo, o cuando menos agnóstico, y no creía
en los milagros, tampoco en lo paranormal. Sin embargo, lo que le vino a
suceder con el tiempo desmontó todo su andamio de creencias y convicciones. El
destino, ahora sí, después de tantos y tantos avatares, se le estaba volviendo
esquivo.
(Hasta aquí el primer capítulo. Si quieres leer la novela entera (es breve) solo tienes que escribirme a hectoraun@gmail.com y te mando el pdf, sin problema).
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