Cuando los curas, en un sepelio, acerca del difunto, dicen: que Dios lo acoja en su seno. Yo no puedo más que espantarme, asombrarme ante el error. ¡Pero si en el seno de Dios ya estamos! Toda la vida transcurre en su seno. ¿Cómo podría ser de otro modo? ¿Acaso, al margen de Dios, puede, podría, existir algo? No, claro que no. Por eso no hay que esperar la venida del cielo. Lo que hay que hacer es aprender a verlo en el presente que habitas, porque en el cielo ya estás. Y si de este modo no lo entiendes, no es porque la realidad sea tozuda, es porque el tozudo eres tú, que te enfocas en ver conflicto, en caminar por la sombra, cuando la luz y la paz abundan en todo el planeta. Medita, corrige tu posición, y sal de la cueva del ego que tú y tu sociedad tan torpemente construisteis. Una vez que respires aire puro, una vez que al espíritu del Todo tu conciencia se sume, ya no te hará falta esperar a que un sacerdote te dé la extrema unción, pues, en el momento que así vivas, tus pecados -si es que por pecados los quieres llamar- te habrán sido perdonados, tus heridas curadas, y todo tu corazón será tan libre como dichoso. No hay vida más vida que esa vida, ni más condena que la negación de tal experiencia. Y está a tu alcance redimirte o seguir insistiendo en la pena. Claro que el clero me corregirá, me dirá que ellos son imprescindibles, son imprescindibles para perdonar pecados, para acceder al cielo, y para gobernarlo. ¡Como si Dios hubiera querido poner a unos hijos por encima de otros! Qué barbaridad. Todos somos iguales, y todos tenemos en nuestra mano el premio de semejante igualdad. ¡Ahora! No hay que esperar a un mañana. De hecho, quien a mañana espera nunca llega. Serenamente se lo digo: estamos vivos, y Dios nos da todos los recursos para que disfrutemos de vivos estar, no caigamos en la falacia mental de las preocupaciones, en la falacia aún mayor del castigo actual sobrevenido y de la recompensa futura... Hagamos por el contrario lo que nuestro corazón nos pide, seamos de ese modo libres, sin miedo a la falta de control, porque el control está garantizado, no en nuestras manos sino en las manos de nuestro Creador.
(Esta reflexión forma parte del conjunto de reflexiones, microrrelatos y poemas englobados bajo el título "La luz a través del prisma", que ya va por su volumen número XXIII. Si Dios quiere, todos esos escritos acabarán siendo publicados bajo el sello argentino Bloghemia <Héctor Aún - Editorial Bloghemia> pero, como es mandato divino, y feliz costumbre, os los iré compartiendo por este medio también).
Seguro que lo veremos publicado en Bloghemia.
ResponderEliminarEnhorabuena, Héctor.