Mar de fondo
Por Héctor Aún.
A ti, Claudita, porque, a pesar de la distancia, eres una persona
muy importante en mi vida. Tu generosidad me inspira.
Y a ti, Juan, porque en mi corazón te llevo como un supersticioso
un amuleto. Saber que existes me reconforta con el mundo; éste, sin duda
alguna, es mejor contigo dentro.
1
María Pilar siempre fue su nombre, desde chiquita, aunque sus
padres pronto la empezaron a llamar Mari Pili, sus hermanos, burlonamente,
Pilarica, y las amigas en la escuela Pilar, a secas. Podría decirse que, la
historia de su vida, fue el tránsito que le llevó por una suerte de recorrido
entre distintos apelativos. Según se encontraba con un nuevo círculo de amigos,
o una nueva conquista amorosa, éstos y ésta le trataban de cambiar hasta el
apellido, y ella se dejaba hacer, con santa paciencia y ardiente estoicismo.
Nunca le importó demasiado que eso así sucediera. A ella tanto le daba que la
llamasen de una manera o de otra. Lo importante era el trato que le profesaban.
Con Juana y Berta, por ejemplo, compañeras inseparables de pupitre, tenía,
tuvo, una relación muy estrecha. Ninguna de las tres crecía adoctrinada en las
buenas costumbres, y eso de cruzar las piernas sentadas en asamblea les parecía
innecesario. Se vestían faldas que remangaban con justo proceder hasta las
rodillas, para mejor montar en bicicleta, y a los niños que trataban de
alzarles el vuelo de las mismas les devolvían con idéntica precisión piedras
sobre sus cabezas. No acertaron en ninguna de esas tentativas a herir a
muchacho alguno, pero todos salían huyendo ante la puntería y el mal genio que
se gastaban las tres amigas. A Pedrito, un día, le silbaron los guijarros por
debajo de la oreja, y, desde entonces, comoquiera que estaba estudiando el
catecismo, para la preparatoria a la primera comunión, y sabía que san Pedro
había hecho lo mismo con uno de los enviados por el Sanedrín, las empezó a
llamar las sampedrinas. Ellas se reían de Pedrito y de los otros chicos, y les
daba otro tanto igual que las tuvieran por machorros a causa de la impúdica
defensa con que se sostenían. Tenían las pantorrillas arañadas por la jara y
los abrojos, pues se adentraban en los prados y en los campos, sobre todo en la
ladera de los montes, ya que su pueblo era un pueblo de montaña, para coger
nidos de chochín o de zorzal. Cuando uno grande de urraca, o los más apetecibles,
de cigüeña, se prestaban a ser alcanzados, no dudaban en trepar hasta su
orilla, a varios metros sobre el suelo, encaramadas a las ramas de un buen
roble, o un alto pino, para vanagloriarse de tener los mejores huevos entre su
colección. Causaba admiración entre los niños ver cómo éstas trepaban por los
troncos feroces, sin asustarse de ratas y ardillas que pudieran encontrarse en
el camino.
-Las sampedrinas lo han hecho.
-Han sido las sampedrinas -comenzó a correrse la voz por la
cofradía el día que alguien arrasó con todos los nidos de paloma que habían
criado inútilmente en el campanario de la iglesia.
El campanario de la iglesia de El Espinar era alto, no apto para
niños o niñas con corazón temeroso. Amén de que, normalmente, estaba cerrado al
público. Solamente don Alejandro, cura párroco de la misma, tenía las llaves y
daba acceso a los operarios del ayuntamiento que, puntualmente, iban a remendar
el maltrecho tejado de la sacristía. Por eso nadie se explicaba cómo aquellas
niñas habían protagonizado semejante proeza. ¡Ni ellas mismas lo hacían! Ya
que, todas, las tres negaban que hubieran sido sus pequeñas manos quienes
hubieran arrasado con los pichones. ¡Si ellas adoraban a esas supuestas
mensajeras de la paz!
Aun así les cayó una buena reprimenda. Don Alejandro las amenazó
con prohibirlas vestir de blanco para la celebración. Privarlas de la comunión
hubiera sido excesivo, incluso para él, que era un párroco abusivo con su
carácter. Y no es que hablásemos de un mal tipo, no era el caso, pero sí de uno
acostumbrado a recibir reverencia del pueblo. Todavía quedaba en las gentes la
costumbre, heredada del franquismo, de saludar con besamanos a los sacerdotes,
doblando el espinazo como si ante nobles o reyes se toparan. Y eso a Alejandro
le gustaba. Había que mostrar respeto con los ministros de Dios. Por eso no
soportaba a los muchachos, ya que, éstos, con frecuencia, pasaban por alto tan
envenenada devoción y le manchaban de barro la sotana, o se presentaban ante el
altar sin el debido aseo de manos, ocupados como habían estado, apenas hace un
instante, en el juego de las canicas.
Las peores, en ese aspecto, eran las sampedrinas. A ellas no les
asustaba tirarse al suelo y rasparse las rodillas con la tierra áspera de las
calles sin asfaltar, si es que con ello ganaban una partida y se hacían,
inclementes, con todas las bolas de cristal que los otros niños tenían. Berta
era experta en eso, en desplumar a los chiquillos. Motivo por el cual, ninguno
en su sano juicio se aventuraba a una partida contra ella. Sólo los más osados
tomaban el reto de enfrentarla. Los más osados y estúpidos, pues, con el mismo
valor con el que iniciaban el juego, en idéntico arrepentimiento lo terminaban,
suplicando clemencia, si es que en la derrota perdían la mejor de sus canicas,
aquélla conseguida en algún desguace, que algún primo de ciudad les había
traído. Todas terminaban siendo parte de la colección de las sampedrinas. Al
igual que los mejores huevos.
Pero a las palomas ellas no las habían tocado, que fueron Antonio y
los de su cuadrilla quienes cometieron la tropelía. Lo que ocurrió fue que, al
momento de haber ejecutado su travesura, se dieron cuenta de que aquello no iba
a sentar bien a don Alejandro, y bajaron por las escaleras como el rayo,
tratando de evitar ser vistos por los feligreses que, a esa hora de la tarde,
iban a limpiar las galerías. Quiso la fortuna que las tres muchachas estuvieran
en la entrada, aguardando la llegada de las catequistas, procurando a Antoñito
y sus secuaces la oportuna justificación, a saber, que habían sido ellas y no
otras manos las que habían accedido al campanario. Ni Pili, ni Berta ni su
amiga fueron conscientes de cuán grave iba a ser la acusación. Se dieron cuenta
de ello al llegar a casa. Matilde, una de las tres amables voluntarias que
impartían catequesis en la escuela, justo la que les tocaba por turno a las
tres niñas, y el propio don Alejandro, las acercaron a sus respectivas casas,
sermoneándolas por el camino y anunciándoles terribles penas.
-¿Pero qué ha pasado, don Alejandro? -le preguntaban al verlo
llegar con sus tres niñas.
-Eso quisiera saber yo, pero no hay modo, que vuestras hijas no
sueltan prenda, si bien sabemos de buena tinta que han sido ellas.
Entonces comenzaba el interrogatorio. Las chicas, sentadas en una
silla del salón, junto a la nada, y la nada desabrida de sus padres aporreando
la mesa. Que cómo se te ocurre, que qué modales son esos para una dama… Y
dirigiéndose a su mujer, que qué clase de niña estaban criando, que parecía un
muchacho y no una princesa… A veces, en ese punto, a Pilar se le escapaba una
risa. Se moría de infarto cuando la comparaban con la casa real, pues no
apetecía, ni por asomo, semejante destino. Qué aburrida tenía que ser la vida
de una infanta, sin poder trepar a los chopos de la chopera, ni arrodillarse ante
el regato para formar una presa con la que después hacer barro y dar forma a su
fantasía.
-¡No te rías que te estoy hablando! -le amenazaba su padre.
Y ella contenía el jolgorio de voces y reproches que en su interior
se había gestado.
Ahora bien, la cosa no iba a quedar sin castigo, inmerecido, como
ya sabemos todos. La injusta condena fue dejarlas sin el desayuno al que eran
invitadas las tiernas criaturas justo el día de la celebración. En el hostal La
Típica, a pocos metros de la iglesia, en la Plaza llamada De la Corredera,
solían pasar los niños y las niñas sus primeras horas del día señalado. Allí
los llevaban, aún sin vestir oportunamente para la fiesta, sus amables
catequistas, para degustar un delicioso chocolate, del que podía repetir
abundantemente, con churros y porras recién sacadas de la sartén de Maganto, el
experimentado churrero. Luego de todo lo cual eran recogidos por los padres y
llevados de vuelta a casa para prepararse, con chaqueta y pantalones de tergal
los niños, con vestido de tul las féminas, cual muñecas de porcelana que tenían
que tener idéntico cuidado para no fracturarse por la mitad.
Pero Berta, Juana y Pilar, ese día no pasaron por La Típica. Se
quedaron sin saber a qué olía el chocolate caliente, ni a pasar por sus finos
dedos la rugosa harina quemada de los churros bañados en azúcar. Un pecado si
tenemos en cuenta que, por aquellas fechas, dichos manjares no estaban al
alcance de cualquiera. Suerte tenía un niño si alguna vez en su vida lo
probaba. Y no podía desperdiciar la ocasión que el cura les ofrecía,
pintiparada, de degustar con sabio proceder los apetitosos caprichos de
Maganto. Y ésa no era toda la desgracia. A veces, en ocasiones luminosas,
Antonio Yagüe, el pastelero, se levantaba generoso e invitaba a la cuadrilla de
niñas y niños que acudían al hostal a ricos suizos recién hechos, que mojaban
con fruición en el cacao. Ese año, precisamente, fue uno de los que con tanta
fortuna solían acontecer. Y las chicas se quedaron en casa, aguantando
estoicamente la bronca de sus padres.
-Esto te pasa por loca. ¿Has visto lo que has logrado? Todos tus
compañeros desayunando chocolate con churros y tú aquí, con leche y pan duro.
¡A este paso no llegarás lejos en la vida!
No entendía Pili por qué sacaban los pies del tiesto. Aun en el
caso de que hubieran sido ellas las que hubieran arrasado con los nidos de
paloma, no era la cosa para tanto. Dejarlas sin sus mejores dulces, ¡el día de
su comunión! Habrase visto. Ese recuerdo, o mejor dicho, ese no recuerdo las
perseguiría de por vida. Quedarían traumadas a causa de algo que, en el peor de
los casos, no habían hecho. Y no le podrían contar a sus hijas, si es que algún
día las tenían, lo felices que se sienten todas cuando van a desayunar el día
de la comunión, pues ellas no tendrían en sus corazones dicha experiencia.
Pilar mojaba el pan duro en la leche caliente, templada, tibia, y pensaba todo
esto, sin poder abrir la boca. Sabía que una sola protesta podía traer
aparejada infaustas represalias. A buen seguro su padre le cruzaría la cara,
por procaz y deslenguada. Y su madre le peinaría las trenzas sin ninguna
delicadeza, tirando ferozmente de los cabellos como sogas soportando duramente
el velamen de la nao. No, era mejor callar y soportar injustamente los avatares
del destino.
Ahora que, no eran, ni Berta, ni Juana ni ella, niñas que se
supieran domeñar. Cuando se vieron las tres junto al pórtico de entrada de la
iglesia, reunidas en espontánea y clandestina asamblea, tramaron venganza.
-¿Ah, sí? Pues va a tomar comunión quien yo les diga -dijo Juana,
la menor por unos días, que era a la vez la más lanzada.
Dado que el cura depositaba en las manos la hostia, éstas fingirían
llevársela a la boca para después arrojarla al suelo, o esconderla en un
pliegue de la manga. Había que hacerlo con disimulo, pues, en esa celebración
estarían a la vista de todos. Pero se las arreglarían. Y cuando les llegó el
turno, con don Alejandro mirando el llamado cuerpo de Cristo fijamente, pasando
de muchacha en muchacha y de zagal en zagal, ni se percató de que las tres
aguerridas salvajes deslizaban su mano por la puntilla contraria para hacerla
desaparecer bajo la manga. Ya tendrían ocasión de deshacerse cuando mejor
conviniera de la pequeña oblea. Y así, como si tal cosa, satisfechas con su
venganza, rezaron el Padrenuestro en la misa con una extraña sonrisa que sólo
ellas entendían.
-Muy bien -les felicitaron sus padres, ignorantes de cuanto en
verdad había pasado, ahora sí orgullosos de sus muchachas-, mi angelito del
cielo, ¡si tú pudieras verte ahora como yo te veo!
Y dale con lo de las princesas. ¡Campesinas se sentían ellas! Hijas
de campesinas y madres de campesinas que serían algún día, nada de miembros de
la realeza. Don Alejandro en persona se acercó a colocar la corona de las
niñas. En su infinita misericordia, se creía en el deber de acudir a perdonar a
las rebeldes. Las fue cogiendo, una a una por la barbilla, y tras de mesarle el
mentón les dio un pequeño cachete, que él entendía como aventada caricia.
-Excelente, pequeñas, ya sois parte del reino de Dios. Estaréis
orgullosas, ¿no?
A lo cual respondían con reverenciada discreción.
-Sí, padre, lo estamos.
Nadie podía sospechar que, ninguno, ni por los más remoto, las iba
a arrebatar el cielo en el que crecían. Saldrían de aquella encerrona, se
quitarían los vestidos, y, más pronto que tarde, volverían a coger nidos, a
despeñarse las rodillas trepando por las rocas, y a compartir bicicleta, Berta
era la única de las tres que tenía semejante artefacto del diablo, para escapar
por los sembrados hacia los Llanos de San Pedro, explanada en las afueras del
pueblo, y lugar preferido por ellas para tumbarse sobre la hierba y dedicarse a
ver las nubes con extrañas formas y esferas. Volverían a ser libres, si es que
alguna vez habían dejado de serlo. Volverían a ser dueñas de sí mismas, aunque
no tuvieran suizos con chocolate, ni churros bañados en azúcar, aunque el
propio don Alejandro les exigiera, de cuando en cuando, reeditar turbias
disculpas. Ellas aceptaban la condena, a riesgo de parecer sumisas, sabiéndose
sumisas sólo de su propia voluntad, forjada a fuego con los juegos de canicas,
con los desprecios de los otros niños, que las llamaban sampedrinas.
-Mirad, ahí van las sampedrinas -las señalaban con el dedo.
Y ellas levantaban el cuello para cerciorarse de que a todos les
quedaba claro que nada les importaba su opinión, menos ahora que habían
escapado de la sagrada eucaristía y se tenían, justo es decirlo, por las más
valientes e intrépidas del mundo.
(Si quieres leer la novela completa solo tienes que escribirme a hectoraun@gmail.com y yo te mando el pdf, por supuesto de manera gratuita).
No hay comentarios:
Publicar un comentario