El mundo está lleno de amor,
y solo hay que tener ojos para verlo.
O quizá no sean los ojos los que vean,
sino el espíritu que, tarde o temprano,
a todos nos doblega.
Ese espíritu que nos hace sentir
la unidad de todo el mundo,
las cosas siendo cosas,
los animales animales,
las personas las personas.
Pero todos esos entes
dejando de ser lo que son
para ingresar al estado de la Vida,
estado en el que todos y todas
nos amamos, nos entregamos,
y compartimos el mismo botín,
un tesoro por el que merece la pena
sanar, curar heridas,
y afrontar con cierta alegría
la aventura de existir.
Un tesoro por el que merece la pena vivir...
ResponderEliminarMuy bonito, Héctor.
Un abrazo